Al Norte De Mi Reino

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Decenios ha, en un pequeño reino ya olvidado, vivió y sintió un joven príncipe llamado Javier. Dicho principito llevaba una existencia feliz junto a los demás infantes del lugar que, como él, habían quedado huérfanos de padre y madre.

Su abuela, la Reina Romana, lo acogió bajo su manto cuando sus padres murieron en la invasión de los salvajes, un ejército de desterrados que sobrevivían asaltando aldeas y ciudades. Dichos salvajes fueron repelidos con éxito y jamás volvieron a atacar el pequeño reino, pero el precio a pagar fue la vida de muchos ciudadanos, que murieron por defender sus tierras.

El Príncipe Javier era uno más en el reino, llevaba una existencia humilde más propia de un campesino que de un futuro rey. El reino había sido basto en otros días, numeroso en núcleos habitados, pero ahora era poco más que una ciudad cobijada en un valle entre montañas, limitada al sur por mares de frías aguas

Cuando tuvo la edad suficiente, Javier decidió ponerse al mando de una expedición para explorar las tierras cercanas, pues tras la invasión, el reino del joven había permanecido aislado durante varios años. Con el beneplácito de su abuela y acompañado por su buen amigo y primer general de sus tropas, el noble Damián, el Príncipe Javier marchó en busca de aventuras.

Durante un verano entero, nada se supo en la ciudad del príncipe y su ejército; pero una tarde de septiembre, cuando el sol estaba ya ocultándose al oeste, la expedición al completo con el joven Javier a la cabeza regresó a la capital y único núcleo poblado del reino.

Y no volvieron solos. Consigo trajeron a unas veinte personas que habían sobrevivido en una pequeña aldea al otro lado de las montañas. Algunos de ellos, los más viejos, habían sido habitantes del reino en otro tiempo y huyeron en busca de refugio durante la invasión.

Los demás eran jóvenes descendientes de los ancianos, la mayoría de la edad del Príncipe Javier. Entre ellos se encontraban dos jóvenes con los que el príncipe entabló amistad rápidamente: los hermanos, Álvaro y Carla.

Tras la fiesta de recibimiento y el júbilo inicial, los habitantes volvieron a su día a día y los recién llegados se adaptaron a la vida en su nuevo hogar. Poco a poco, Javier fue sintiéndose atraído por la belleza de Carla y cada vez pasaban más tiempo juntos. Ante la cercanía de ambos, brotaron celos en Álvaro, pues quería proteger a su hermana de un posible desengaño.

La amistad entre el príncipe y Álvaro se fue deteriorando y este comenzó a vagar solo por los bosques fronterizos del reino.

Carla y Javier se esforzaron por mantenerlo cerca, pero Álvaro repudiaba la relación de su hermana con el príncipe.

Cuando el Príncipe Javier supo de cómo Álvaro se adentraba en tierras peligrosas y cuánto sufría su hermana por ello, pidió consejo a la Reina Romana y esta le recomendó que hablara con el joven y le mostrase que nunca dañaría a su hermana.

Al día siguiente, cuando el sol despuntaba, el príncipe marchó al norte en busca de Álvaro. Javier viajó solo, pues aunque su buen amigo Damián se había ofrecido a acompañarlo en la búsqueda, el príncipe declinó su oferta diciéndole que quería ser él mismo quien encontrase e intentase hacer entrar en razón a Álvaro.

Tras toda la jornada buscándolo por las frías montañas, finalmente lo encontró sentado en una gran piedra, en lo más alto de un desfiladero.

Javier se acercó a él y se sentó a su lado. Conversó con Álvaro y recordándole su antigua amistad le convenció para que volviese a la ciudad, donde su hermana y amigos le esperaban.

Álvaro accedió, pues no pudo resistirse los recuerdos de su hermana a los que apelaba el príncipe.

Sin embargo, Álvaro jamás volvería a ver a Carla.

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Cuando Javier y Álvaro se incorporaron para buscar refugio durante la noche, pensando en emprender el camino de regreso a la mañana siguiente, este último alertó al príncipe sobre el humo de una hoguera que se divisaba al horizonte. La noche se cernía sobre ellos, pero ante la posible amenaza de una tribu de salvajes asentada cerca de su posición, los jóvenes decidieron tomar el camino durante la noche.

Ya llevaban recorrida la mitad de la distancia que había hasta la ciudad cuando, con la noche en su momento más oscuro, dos hombres corpulentos cubiertos con pieles pardas aparecieron cortando en camino. Antes de que Javier y Álvaro pudiesen desenvainar sus espadas, uno de los dos hombres silbó dos veces e hizo una señal con la mano izquierda. Instantáneamente salió de entre la maleza una docena de salvajes.

Rodeados por el enemigo y superados en número, el príncipe levantó las manos en señal de rendición y le susurró a su amigo que hiciese lo mismo. Cuando uno de los salvajes se disponía a tomar las armas de los jóvenes, el príncipe le propinó una patada en plena cara al tiempo que le gritaba a Álvaro que corriese.

Pero Álvaro no huyó, sino que imitó a Javier y pasó a golpear a sus captores. Entre los dos habían logrado noquear a media tropa cuando uno de los salvajes sujetó a Álvaro permitiendo a otro de sus compañeros asestarle varias puñaladas en el pecho. El príncipe Javier intentó liberar a su amigo, pero él mismo se vio apresado por otra pareja de salvajes.

El príncipe fue reducido y mientras lo ataban de pies y manos, contempló como Álvaro se retorcía de dolor en sus últimos instantes de vida.

Cegado por la ira, Javier bramó al cielo y a los dioses, lo que provocó que los salvajes lo amordazaran. Uno de ellos cargó con él a su espalda y comenzaron a moverse.

Tras aproximadamente unas dos horas de camino desde su captura, el príncipe observó como en pocos segundos la tropa de salvajes era reducida por una lluvia de flechas.

Cuando todos los enemigos fueron abatidos, un grupo de guerreros del reino, comandados por Damián, bajaron del risco desde el cual habían dado muerte a los salvajes.

Javier fue liberado y llevado de nuevo a su ciudad, donde explicó lo sucedido y cómo Álvaro no había sobrevivido al asalto de los salvajes.

Carla lloró durante cien días la muerte de su hermano y su corazón quedo roto por siempre.

Javier buscó al grupo de salvajes por todos los reinos cercanos durante doscientos días.

No tuvo éxito.

Un año después de la muerte de Álvaro, el Príncipe Javier pidió matrimonio a Carla.

Esta accedió, aunque secretamente lo culpaba por la pérdida de su hermano.

El día de la boda, la Reina Romana falleció súbitamente cuando se retiraba a sus aposentos tras el banquete.

Esa misma noche, el Príncipe Javier fue coronado Rey.

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Tres meses habían transcurrido desde de la coronación de Javier cuando dos soldados exploradores a los que el Rey continuaba enviando regularmente en busca de los salvajes, se presentaron en el castillo para hacerle saber al Rey que habían encontrado la ciudadela en la que se refugiaban los salvajes. Se trataba del grupo al completo, un centenar de ellos, y habían hecho suya una pequeña ciudad de un reino lejano, situado a unos veinte días a pie de las tierras del Rey Javier.

Tan pronto como recibió la noticia, el Buen Rey se puso en marcha; mandó llamar al general Damián y le dio instrucciones para partir al frente del ejército al completo del reino, que tan solo contaba con unos cincuenta soldados.

El viaje fue largo, el Rey se mostraba cada vez más ansioso y la Reina Carla había quedado sola en el castillo y al frente del reino.

Finalmente, a la mitad de la decimo séptima jornada de un agotador viaje, el Buen Rey divisó la fortaleza de los salvajes.

Sin embargo, el Rey no ordenó a sus tropas atacar el poblado; mandó asentar un campamento a tres millas del núcleo enemigo y dejó descansar a sus soldados.

Damián dudaba de la estrategia del Rey, pero este le pidió que confiase en él y fuese paciente.

Toda la noche pasó el Rey en vela, subido a un pequeño cerro desde donde podía ver el resplandor de las hogueras en el poblado de los salvajes. Sabía que al igual que podía divisar a los salvajes, estos también deberían estar observando al ejercito de Rey.

Pero tampoco atacaron durante la noche los salvajes.

Faltando ya poco para el alba, y tras haber dado indicaciones sobre cómo actuar en su ausencia al general Damián, se acercó el Rey en solitario a la gris muralla que defendía el poblado de los salvajes. Se acercó portando una antorcha cuya luz le permitió advertir varias figuras que se recortaban contra las almenas.

El Buen Rey sabía que era un blanco fácil, pues era el único objetivo que se encontraba en la amplia llanura frente al fortín. Aún así, confiaba que al acercarse en solitario y desarmado al enemigo evitaría ser atacado, al menos en un primer momento.

Cuando llegó al pie de la muralla, varios salvajes ataviados con pieles peludas y marrones apuntaban sus flechas hacia él desde las alturas.

Pero nadie lo atacó. Y tampoco rompió nadie el silencio del alba.

Finalmente, fue el Buen Rey quien se dirigió a los salvajes y pidió hablar con el líder de estos. Para motivar la aparición del superior de los salvajes, el Rey Javier se identificó como soberano de un  pequeño reino al sur de aquellas tierras, cerca del mar; y adujo que pretendía conversar pacíficamente con los salvajes, por lo que había acudido en solitario, dejando a su ejército asentado tras de sí.

Se abrió el enorme portón que daba acceso al interior y dispuesto a escuchar su oferta, el líder de los salvajes apareció frente al Buen Rey.

El salvaje al mando se cubría con el pelaje completo de un burro y el color gris de sus ropajes delataba su estatus superior frente a los guerreros de pieles pardas. Dos de estos guerreros lo acompañaban, situados uno a cada lado del líder. El salvaje situado a la derecha reconoció al Buen Rey, pues era uno de los que formaban el grupo que lo asaltó tiempo atrás junto a su compañero, al cual habían dado muerte. El guerrero informó de esto al líder entre susurros, pero el salvaje al mando permitió hablar al Buen Rey.

El Rey Javier propuso al líder salvaje llegar a un acuerdo político; firmar un tratado de no agresión entre ambos pueblos. El Buen Rey admitió que tiempo atrás, él mismo había sido atacado por un grupo de salvajes y que en la actualidad, los habitantes de su reino temían abandonar las cercanías de sus hogares por miedo a ser agredidos.

Dispuesto a acabar con el estado de miedo que afligía a sus ciudadanos y evitar una guerra como la que quitó la vida a sus padres, el Rey afirmó que estaba dispuesto a entregar aquello que los salvajes deseasen a cambio de no sufrir más ataques por su parte.

El líder salvaje se sintió pletórico de gozo al ver como el soberano de un reino al que llevaba tiempo intentando conquistar se postraba ante él en busca de piedad.

El Buen Rey tendió la mano al líder salvaje y este se acercó para estrechársela, desoyendo las advertencias de sus guardianes. Dos pasos se separó el líder de sus acólitos, lo suficiente para que el Rey lo voltease y lo tomase rápidamente por el cuello. El Rey sacó con su mano libre una daga oculta en su cintura y la acercó a la garganta del líder salvaje con un gesto amenazador.

Inmediatamente los salvajes desenfundaron sus armas, pero no atacaron por preservar la vida de su líder. El Buen Rey dio entonces un fuerte alarido que alertó a sus tropas, pues ocultos esperaban su señal para atacar.

Con su líder aprisionado, los salvajes se mostraron desorientados y no fueron gran obstáculo para las tropas comandadas por el general Damián. Cuando ya no suponían una amenaza, se les ofreció la posibilidad de rendirse pero como orgullos guerreros, los salvajes batallaron hasta la muerte.

Cuando todos los salvajes habían caído, las tropas del Buen Rey registraron el poblado. No encontraron ni una sola mujer o niño, tan solo hallaron a un hombre joven, de cabellos rubios y ojos malignos. Se había atrincherado en las recámaras de la muralla durante la batalla y cuando los soldados lo capturaron, dijo llamarse Alejandro y afirmó ser un hechicero y consejero del líder salvaje.

El Buen Rey aceptó mantenerlo con vida y llevarlo a su reino a cambio de sus servicios, pero ordenó que se vigilasen sus movimientos.

Del grupo salvaje, tan solo su líder sobrevivió, fue hecho prisionero; el Buen Rey pretendía llevarlo a su reino y ejecutarlo ante los ojos de sus ciudadanos.

Ante los ojos de su esposa.

4

Tras la toma del poblado salvaje y el exterminio de estos, el Buen Rey volvió a su trono y brindó a su pueblo la ejecución del líder salvaje.

Esperaba así complacer a su esposa Carla, dándole venganza por el asesinato de Álvaro, pero la sangre no resarció la pérdida del hermano muerto.

Entre tanto, el reino de Javier prosperó en pocos meses; se levantaron nuevos y hermosos edificios, felices nacimientos se producían cada pocos días. Sin embargo, los Reyes no tuvieron descendencia, por mucho que el Rey deseaba un heredero, la Reina Carla no alcanzaba el embarazo.

Empeñado en engendrar un sucesor, el Buen Rey decidió pedir consejo al hechicero Alejandro, que, por orden real, se había limitado a entretener a las gentes con ilusiones y vistosos trucos.

El hechicero prometió al Rey que solucionaría su problema, pues buscaría las hierbas necesarias para elaborar sendos remedios medicinales para el Rey y la Reina.

Se dedicó el hechicero a elaborar los brebajes que los reyes injirieron durante quince días. Habiendo pasado la quincena, el Buen Rey se disponía a desterrar del reino al hechicero, pues su esposa no quedaba en estado y acusaba al adivino de farsante; pero antes de expulsarlo, la Reina Carla hizo saber al Rey Javier que creía haber comenzado a gestar a un sucesor en su vientre.

A las pocas semanas, el embarazo de la Reina se hizo evidente, por lo que decidió el Buen Rey mantener al hechicero en su reino, y esperó pacientemente a que su esposa diese a luz a su vástago.

A falta de ocho semanas para el parto, la Reina cayó enferma y el hechicero recomendó al Rey trasladarla a un ambiente más seco, pues afirmaba que la humedad del mar influía negativamente en ella.

Pensó entonces el Rey en la ciudadela abandonada que otrora había alojado a los salvajes, pero no se decidió a llevar hasta allí a la Reina, pues la distancia que los separaba de aquellas tierras implicaría un largo viaje.

Viendo en los sucesivos días que la salud de la Reina empeoraba y acuciado por el hechicero a trasladarla,  organizó el Buen Rey una caravana para viajar al norte y, una vez alcanzado su destino, adaptar la aldea a su estadía.

El Buen Rey reposó sus deberes reales en el general Damián durante el tiempo que se ausentase y llevó consigo al hechicero y a la corte que asistía a la Reina, encabeza por una anciana y sabia mujer llamada Helena.

El viaje, aunque largo, fue tranquilo. El estado de la Reina Carla mejoró conforme se alejaban de la costa y apenas tuvieron sobresaltos en el camino, pues tan solo encontraron dos pequeñas aldeas de campesinos en todo el trayecto.

La ciudadela permanecía abandonada y pronto habilitaron unas estancias para el reposo de los Reyes.

La Reina presentaba un mejor aspecto día tras día y su vientre se abultaba cada vez más.

Pero a falta de una semana para salir de cuentas, la Reina Carla comenzó a aquejarse de un dolor fortísimo. El hechicero la examinó y concluyó no era el momento del parto, aunque la Reina sangraba copiosamente. Sin embargo, las asistentas de la Reina Carla afirmaron que era necesario forzar el parto, pues de mantener el feto en su interior, la Reina podría morir desangrada.

En principio, el Buen Rey se negó rotundamente; no estaba dispuesto a poner en riesgo la vida del infante, pero cuando vio los ojos suplicantes de su esposa, accedió a que extrajesen al bebé del vientre materno.

Las asistentas, bajo el mando de la sabia Helena, se encerraron con la Reina y pidieron al Rey que esperase en otra sala junto con el hechicero, pues no confiaban en los métodos de este.

Cayó la noche, varias horas esperó el Rey, guardando la puerta de la cámara de su esposa, oyéndola gritar de dolor y esperando noticias de las improvisadas matronas.

Temiéndose lo peor cuando se hizo el silencio, el Rey irrumpió en la estancia. Vio a su esposa tendida, inconsciente y buscó respuestas en las asistentas.

Una de las sirvientas acunaba en sus brazos un bulto que entregó al Rey.

La mujer le hizo saber al Rey que su esposa estaba bien, pero agotada por el esfuerzo.

También le dijo que el bebé era una niña.

El Buen Rey examinó a la pequeña. Se alarmó al retirar los paños que la cubrían.

Buscó con la mirada los rostros de las asistentas.

Los ojos de Helena confirmaron al Rey sus temores.

La niña no respiraba.

5

Despuntaba el Sol dando fin a aquella noche fatídica cuando el Buen Rey cavaba con sus propias manos una pequeña tumba donde enterrar el cuerpo de su hija nacida muerta.

La Reina recuperaba la conciencia a oleadas y se encontraba postrada en cama, bajo los cuidados de Helena y un par de asistentas.

Alumbrado apenas por la primera luz del día, bautizó el Rey a su hija con el nombre de Blanca y seguidamente la dio sepultura al pie de un viejo roble, pegado al flanco derecho de la muralla.

Pasaron semanas hasta que la Reina Carla se recuperó por completo, y durante todo ese tiempo, el Buen Rey no volvió a entrar en sus aposentos, aunque si se interesaba por su salud regularmente. El Rey vagaba por el poblado abandonado día y noche, bebiendo tanto licor como pudiese encontrar. Descuidó su aspecto y su rostro quedó ensombrecido por una oscura barba.

Una mañana, entró la Reina Carla en una de las chozas donde el Rey dormía derrotado por el alcohol. Se sentó a su lado y esperó a que despertase. Cuando el Buen Rey se percató de su presencia, se dispuso a marcharse de la humilde cabaña, pues no se sentía capaz de enfrentar la cara de su esposa. Sin embargo, la Reina lo retuvo y lo hizo sentarse frente a ella.

Mientras la Reina comenzó a hablarle, brotó en el Rey un odio visceral por su esposa, la mujer que le había costado la vida a su hija.

Tampoco sentía ya la Reina aprecio ninguno por su marido, todo lo que habían vivido envenenó su amor.

La Reina Carla confesó a su marido sus intenciones de abandonarlo y renunciar a la corona.

Pero pese a la rabia que corroía al Buen Rey, este seguía deseando a la Reina y se opuso a dejarla marchar.

Pensando en mantenerla a su lado, la ordenó partir inmediatamente de vuelta a su reino, con la caravana y sus asistentes.

A las pocas horas, el Rey quedó solo en el poblado amurallado.

El Buen Rey pretendía reunir fuerzas en soledad, recorriendo el camino sin prisa y preparándose para volver a su trono.

Dos días habían transcurrido desde la marcha de su esposa y el Rey se disponía a partir en breve, pero la llegada de un caminante a las puertas del poblado le obligó a postergar su partida.

El caminante llegó ante la muralla, el Rey se subió a esta y lo contempló desde arriba.

Era un hombre joven, moreno y bien parecido. Cuando el caminante se percató de la presencia del Rey, se identificó ante él y le pidió que lo dejase entrar.

El caminante, que dijo llamarse Jorge, se reveló como el heredero de la corona de esa ciudadela en ruina. El Rey lo dejó pasar.

Jorge afirmó ser descendiente de los monarcas que reinaron en el fortín antes de que este fuese tomado por los salvajes. Explicó cómo huyó durante la toma de la ciudad siendo un niño y dijo que había sobrevivido gracias a que una familia de mineros lo acogió en las montañas.

El Rey puso al corriente a Jorge de lo ocurrido en el poblado amurallado, de cómo derrotó a los salvajes y por qué había vuelto a ese lugar, que había estado abandonado varios meses.

Dado que el Rey Jorge no tenía reino que gobernar, tan solo un poblado fantasma; el Rey Javier lo invitó a acomodarse en su reino, a lo que el primero aceptó gustoso.

Juntos emprendieron el camino y trabaron pronto una buena amistad.

Alargaron el viaje, tomando rodeos para visitar regiones desconocidas.

Finalmente, volvió el Buen Rey a sus tierras, dispuesto a sentarse de nuevo en su trono.

6

A su llegada, el Buen Rey encontró que el general Damián y la Reina Carla se habían hecho cargo del gobierno diestramente, pero los relevó inmediatamente del trono. Sus amigos y allegados encontraron al Rey cambiado, más sombrío y taciturno. Presentó el Rey Javier en sociedad al Rey Jorge, y demostró cuanto lo apreciaba consultándole sobre decisiones de peso y pidiéndole consejo sobre la gestión del reino.

La Reina Carla era profundamente infeliz, pues el Buen Rey la mantenía encerrada en el castillo y disponía de su compañía a placer, en sus arrebatos de amor y odio hacia ella.

Una tarde en la que el Rey se encontraba ausente, Jorge encontró a Carla llorando en los jardines reales. Jorge se interesó por ella y esta le contó el trato que recibía de su Rey y marido. El Rey Jorge intentó apaciguar su llanto y darla ánimos para seguir adelante y la Reina se sintió reconfortada por su compañía.

A los pocos días se encontraron de nuevo y pasaron conversando varias horas. Poco a poco, sus encuentros se volvieron una costumbre, aunque tenían que verse siempre a escondidas del Buen Rey, pues la Reina Carla temía la reacción de este si la encontrase en compañía de su buen amigo.

Por su parte, el Rey Jorge insinuó al Buen Rey que notaba el desánimo que sufría la Reina Carla y le sugirió a este que permitiese a la Reina disfrutar de los parajes del reino y de la compañía de sus gente. El Buen Rey reaccionó rabiosamente y le dijo a Jorge que no se inmiscuyese en su matrimonio.

Viendo Jorge que el Buen Rey ahogaba cada vez más a la Reina y sintiendo un amor floreciente hacia ella, decidió conversar con el general Damián para buscar en él apoyo que necesitaba.

Este afirmó que había percibido el cambio de carácter del Rey; ahora era un tirano posesivo que trataba a las personas como si fuesen objetos de su propiedad, y accedió a hablarle.

Habló entonces Damián con el Buen Rey, pero este mantenía su actitud megalómana y se cerró en banda a los consejos de su amigo.

Día a día se oscurecía el corazón del Buen Rey, comenzó a albergar oscuros rencores ante quienes los que le rodeaban y desarrolló una actitud beligerante ante todo aquel que no le complaciese.

Decidido a romper las ataduras que mantenían amarrada a la Reina Carla, el Rey Jorge conformó una alianza entre los cercanos al Buen Rey, tramando así una conspiración a espaldas del monarca.

Una noche, el Buen Rey se acostó al lado de la Reina tras una copiosa cena y cayó en un sueño de once días.

El Buen Rey había sido intoxicado por el hechicero Alejandro, actuando bajo las órdenes del Rey Jorge. Aprovechando la incapacitación del Buen Rey, la Reina Carla huyó junto al Rey Jorge y un pequeño grupo de detractores del monarca, entre los que se encontraban la sabia Helena, el general Damián y Alejandro el hechicero. El grupo se dirigió a la ciudadela abandonada, de la que Jorge era rey; y para cuando el Buen Rey despertó de su sueño y se lanzó a la persecución de los renegados, estos ya habían cubierto la mitad de la distancia hasta su destino.

Arribaron y se atrincheraron los renegados en la ciudad amurallada, esperado la llegada inminente del Buen Rey.

Pocos días transcurrieron cuando el Buen Rey se presentó ante la muralla, al frente de todos sus súbditos; pues había movilizado al reino entero para mostrar ante el populacho cómo castigaría a los traidores.

Subidos a la muralla esperaban los forajidos. Se encontró cara a cara con su esposa, que cogía la mano del Rey Jorge, aquel que lo había traicionado. Al lado de estos pudo ver al hechicero, a la sabia Helena y al general Damián, otro buen amigo que lo había vendido.

El grupo parecía dispuesto a morir, pues los cinco estaban en fila sobre el gris muro, a tiro de los arqueros. Sus rostros le dijeron al Buen Rey que habían asumido su destino.

Aún más dolido por la indiferencia que mostraban los traidores ante el inminente peligro, el Buen Rey alzó el brazo derecho, señaló al hechicero y los arqueros lanzaron una lluvia de flechas sobre este. Alejandro cayó de la muralla, frente a los pies del Rey, quien escupió sobre su cuerpo sangrante.

Uno había caído, pero los demás no se inmutaron.

Buscó a su esposa con la mirada. Vio que esta apretaba más fuertemente la mano del Rey Jorge. Encontró sus ojos, que lo contemplaban con una frialdad abrasadora.

Contempló la expresión de Damián y supo que este jamás pediría clemencia.

En la mirada de la sabia Helena no encontró más que resignación.

Pero fue al escrutar el rostro del Rey Jorge cuando supo cuál era el motivo por el que estaban dispuestos a morir.

Jorge amaba a Carla como él mismo la había amado tiempo atrás.

El Buen Rey comprendió que podría matarlos a todos, pero no podría matar su amor; ni tampoco la amistad que había movido a Damián y a Helena a ayudarlos.

7

El Rey Javier desvió la mirada al extremo derecho de la gris muralla y divisó las hojas verdes del roble bajo el cual descansaba eternamente su hija Blanca.

Finalmente, se volvió ante su ejército y su pueblo. Ordenó a sus soldados que depusieran las armas y atendiesen a sus palabras. Pronunció pocas palabras, pero no fueron necesarias más.

Abrieron las puertas de la ciudadela y el Rey subió a la muralla. Abrazó al general Damián. Saludó a la sabia Helena. Estrechó la mano del Rey Jorge. Besó la frente de la Reina Carla.

El Buen Rey renunció al trono, se quitó su corona y dejó caer el lujoso manto que lo cubría.

Nombró monarca de su reino al Rey Jorge y aprobó la relación entre este y la Reina Carla.

Tras esto, se despidió de su pueblo y marchó solo hacia las montañas del norte.

El Rey Jorge celebró su enlace con la Reina Carla. Volvió al reino del sur y desde allí gobernó también la ciudadela amurallada, donde se instalaron varias familias, y de la cual Damián quedó al frente.

El reinado del Rey Jorge fue próspero, largo y pacífico.

El Buen Rey pasó a ser un Bastardo Desterrado.

Nadie en el reino volvió a saber de él jamás.

14 Responses to Al Norte De Mi Reino

  1. Damn_MagikBastard January 24, 2010 at 8:22 am #

    Supongo que debería escribir unas palabras a modo de sinopsis sobre el cuento arriba publicado. Sin embargo, en vez de señalar lo que pretendo simbolizar con la historia y qué representan los personajes, dejaré que cada cual saque sus propias conclusiones; no quiero acotar el posible significado personal que cada cual pueda inferir del realto.
    Tan solo espero que os haya gustado. ;)

  2. acacia January 24, 2010 at 9:19 pm #

    es un cuento/historia hermosa!… ¿acaso es un SS? ;) muy lindo, brillantemente relatado/contado/pintado… un verdadero genio creador… en sintesis una mago… me encanto…
     

  3. Estanislao de Mediolao January 24, 2010 at 10:05 pm #

    no tienes que explicar nada, majo/mago…  que encuentren el significado por sí mismos…
     
    :)

  4. Estanislao de Mediolao January 24, 2010 at 10:06 pm #

    y antes de que se me olvide, ¡excelente cuento!…

  5. Nemusvirens January 25, 2010 at 7:43 am #

    Me ha gustado, muy bueno !!

  6. Damn_MagikBastard January 25, 2010 at 3:27 pm #

    Amiga acacia, ¿que quieres decir por SS? ;)
     
    ¡¡Gracias por los halagos!!

  7. Yaur Vahakman January 25, 2010 at 3:31 pm #

    esta bien, pero bien chido. Excelente cuento fray Bastardo

  8. Estanislao de Mediolao January 25, 2010 at 6:39 pm #

    a lo mejor el Secret Service de Obama….
     
    o la Schutzstaffel de Hitler…. mejor conocida como la SS….
     
    o el Social Security de los gringos….
     
    ;)

  9. acacia January 25, 2010 at 8:19 pm #

    pero que malo frater Estanis!!! Super Sigilo…

  10. Damn_MagikBastard January 26, 2010 at 2:05 pm #

    Jejeje, Estanis es veneno puro. ;)
     
    Más que Super Sigilo, sería Self-Story…

  11. mixtl January 26, 2010 at 8:47 pm #

    de que es bueno es buenisimo,pero a quien esta em pañales..que digo en pañales.apenas empiezo a romper el cascaron.y pues para mi si me huviera gustado una moraleja,un epilogo o explicacion mas si cada personaje representa “algo”dentro de mi ignorancia el cap.1 es ul unico e idivisible,el 2 es el complemento,la otra mitad.el 3 es la coronacion y resultado de esa union,el 4 el vino derramado,la sangre,la muerte el 5 el penta diabolico negativo.el 6 la manzana de la discordia y finalmente el 7 jaque mate al rey. en cuanto a los personages.hay una serie de simbolismos.que por hoy me los reservare.por no escribir mas sandeses-creo yo- pues casi estoy a punto de no mandar este comentario,ante un foro tan diestro y docto en estos menesteres. gracias

  12. acacia January 26, 2010 at 10:23 pm #

    … y finalmente el 7 jaque mate al rey …. !!!! wooooaaaaooooo!!!!! JA JA JA !!! tu no estas en pañales…

  13. Damn_MagikBastard January 28, 2010 at 12:08 pm #

    No está en pañales en absoluto; vas muy bien encaminado amigo mixtl.
     
    La moraleja la pones tú.
     
     

  14. david March 21, 2010 at 6:52 pm #

    Hola. Antes de nada, perdona que te escriba esto como un comentario, pero es que no vi tu email en el tu blog Soy el webmaster de publizida.es Publizida BLOG’S es un ranking / directorio de clasificación de blogs en español, creado con el único propósito de dar a conocer los mejores blog’s Registrando su blog en Publizida BLOG’S accederás al servicio de estadísticas gratuitas y podrás participar en el TOP.RANKING También puedes acceder a la valoración que los usuarios hacen de su página. Y lo mas importante… darte a conocer y aumentar el numero de visitantes a tu BLOG de manera totalmente gratuita. Si te interesa puedes darte de alta <a href=”http://publizida.es/index.php?a=join”>ALTA DIRECTORIO DE BLOGS</a> o visitanos en …… <a href=”http://PUBLIZIDA.ES”>DIRECTORIO DE BLOGS</a> http://PUBLIZIDA.ES Muchas Gracias por tu tiempo… y disculpa si no fue la mejor manera de darme a conocer. Un saludo. DAVID T. Webmaster de Publizida.es

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