Sigilo en estuche de guitarra

sigilo en estuche

Recientemente fui a Puerto Rico a visitar a mis padres.  Fui durante los días de las navidades, más o menos a visitar por razones de emergencias.  Fui solo.  El precio de los pasajes para viajar a la isla durante los días de fiesta son insoportables, y con sólo cuatro días libres decidí que llevar a toda mi muchachería a la isla por tan corto tiempo sería un despilfarro de dinero, particularmente ahora que necesito el dinero para otras necesidades imprescindibles.  Así que en cuestión de horas planifiqué mi viaje, compré los pasajes, y decidí irme enseguida, de un día para otro, yo solo.

Mis papás están viejos, y ya los achaques de viejos se les están haciendo más y más evidentes con el pasar de los días.  Mi mamá recientemente tuvo un decaimiento en su salud, y eso fue lo que precipitó mi decisión de ir a verlos de prisa.  Su problema no fué físico en realidad, sino que uno emocional, una dolencia espiritual.  A mi mamá le dió una depresión clínica, la cual me tomó por sorpresa, pues de todas las dolencias habidas y por haber, ha sido la depresión lo que ha afectado el ser de mi mamá.  Una mujer con un cuerpo saludable, pero un alma triste.  Una dolencia que le ha quitado su ánimo para vivir.

La noche antes de irme decidí crear un sigilo para mi viaje.  Sin embargo, lo que decidí crear no fue un sigilo de protección.  Encuentro que esos sigilos impiden mi encuentro con la turbulencia del caos, ese vórtice enorme de donde emanan todas las bellezas y todos los horrores que le dan dirección a mi camino, que le dan sazón a esta vida a veces tan tediosa.  Creé un sigilo con el propósito de proveerme con una imagen en donde anclarme.  Viviendo en el caos a diario a veces uno pierde el asimuto, el sentido de dirección dentro de la realidad consensual y material.  La rutina diaria del trabajo y de la familia me mantiene sano y salvo dentro de mi locura, pues me provee con un marco de referencia en donde funcionar apropiadamente dentro de esta realidad.  Este viaje a visitar a mis padres decaídos (pues mi papá obviamente se ha afectado por la depresión de mi mamá), yo solo, me hizo realizar que sin la rutina santa de cada día, que potencialmente estaría al garete, a la deriva.  Fabriqué mi sigilo para anclarme, para recordarme quién soy, sin nada de protección “mágica”.

Tomé mis pinturas de acrílico, y usando un plato de cerámica de la cocina como plantilla, pinté un círculo amarillo.  Lo tracé una sóla vez, sin cometer errores.  Una vez la pintura se secó (la belleza y la maldición de la pintura de acrílico, que se seca rápidamente), le dibujé una cara al círculo, al estilo de los emoticones.  Diseñé la cara en el sigilo con detallitos sencillos, detalles que me recordaban hasta cierto punto, quién soy en mi vida diaria.  Un ojo sutílmente más grande que el otro, dando la impresión de una manera algo irónica, que la carita esconde una locura profunda detrás de esos ojos disparejos y dementes.  Una sonrisa de primera impresión amplia y amistosa, pero en realidad repleta de colmillos esperando a morder al más incauto.  Pinté el sigilo en par de horas, se secó durante la noche, y al otro día salí hacia el aeropuerto con mis valijas y mi guitarra.

Renté una casita en el campo cerca de donde mis padres viven para hospedarme durante mi corta vacación.  La renté por muchas razones.  Esperé a que vinieran otras personas, mi hermana, mi sobrino, o que se yo, probablemente mi hermano desde Miami.  Quería mucho espacio para que toda la familia que decidiera aparecerse lo hiciera bajo el mismo techo sin sentir la fricción de la muchedumbre, del gentío.  La casita colindaba con el bosque pluvial de Puerto Rico, un bosque inmenso protegido por el gobierno federal.  La vista desde el balcón era preciosísima, y desde allí se podía escuchar el sonido precioso del río caudaloso que más abajito corría al fondo de la montaña.

Bueno, voy a mantener el cuento corto pues los detalles son algo aburridos.  Mi viaje a la isla fue dar vueltas en el entorno del caos.  Mis padres se quedaron conmigo por par de días, y no hicieron más que quejarse del hospedaje tan bonito que logré conseguir para ellos.  Una noche tuve una discusión terrible con mi padre, como nunca me había sucedido desde los años universitarios, en donde me demostró sus verdaderos colores.  Realicé en medio de esa pelea que ambos mis padres son responsables por su estado emocional, y que no hay nadie que logre enseñarles un poco de luz en medio de su camino tan oscuro, su camino en medio de la vejez.  Me dió una pena terrible presenciar que mis padres han llegado a esta etapa de la vida con buena salud física, pero con unas heridas tan feas y tan profundas dentro de sus almas que no hay ni médico con experiencia, ni hijo con amor, que pueda repararlas.  Eso me dolió terriblemente.  Lloré como un pendejo al realizar mi impotencia como hijo y como médico.

Esa fue la experiencia más dolorosa del viaje.  Sin embargo, otras ocurrencias interesantes me sucedieron.  Durante mi estadía me paré par de veces en una barra al borde del camino en donde servían frituras y otras porquerías, además de cervezas y otros vicios ricos.  Allí una tarde alguien me pasó una guitarra y estuve tocando música navideña por un buen rato.  Para mi sorpresa inmensa, mis pocos talentos como guitarrista me dieron muchísimo provecho.  Se aparecieron todo tipo de extraños a cantar aguinaldos navideños y a bailar.  Se apareció un músico con un trombón, y la señora de la tiendita repartió maracas, güiros, cencerros, y hasta una conga.  Eso sí que fue una sorpresa agradable.  Desafortunadamente, mi experiencia en la misma tiendita al otro día no fue la mejor, pues mientras disfrutaba y bebía con otro par de extraños, también buscando la paz del campo como yo, se apareció un jibarito de la localidad a buscar pelea.  Yo, calladamente, me levanté de mi asiento, y me largué del sitio.  Sabrá dios lo que el loquito aquél tenía encima – un arma de fuego o un cerebro intoxicado por las drogas.  Yo me fui sin esperar a ver como se desenlazaba el argumento.

Lo otro que me sucedió, y fue lo mejor que me sucedió en todo mi ballet en aquel vórtice del caos isleño, fue mi encuentro con mi hermana.  Ella vino a visitar a la casita y se quedó una noche.  Esa noche le hablé de la magia del caos, y para mi sorpresa, descubrí que ella es una lectora del Monasterio, y que ya sigue algunos ejercicios de visualización desde hace algún tiempo.  Algo que nunca me había dicho hasta aquella noche.  Eso me puso muy contento.

Bueno, ese es el cuento de mis recientes vacaciones en la isla, y mi interpretación de los efectos del sigilo sobre ese viaje.  Mi sigilo en el estuche de guitarra.

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157 Responses to Sigilo en estuche de guitarra

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