La princesa y el vagabundo

Érase una vez, en una tierra muy lejana a la nuestra en el tiempo y en la distancia, un reino milenario regido por un viejo rey y su hija la princesa. Sus leyes eran tan puras y tan justas que se decía que en ese reino nunca nadie había padecido de necesidad, de hambre o de enfermedad. Su reino era tan perfecto que se decía que el rey y su hija la princesa no eran realeza, sino que eran una manifestación de los dioses aquí en la tierra, en donde habían venido a traer de vuelta el jardín del edén.

Un día la princesa fue convocada a la cámara real en donde la esperaba su padre el rey. “Hija mía” –dijo el rey- “mi trabajo aquí ya esta consumado. Ahora te toca a ti continuar lo que nuestros antepasados comenzaron.”

“Pero padre” –respondió su hija la princesa sin alterar en emoción ni una sola silaba de sus expresiones- “y ahora quien va a ser mi rey?”

“No te preocupes mi corazón” –le respondió el rey, mientras se quitaba su túnica real, y la remplazaba por una capa vieja y plagada de hoyos- “no solo eres la princesa de este reino, sino que también llevas en tu sangre el conocimiento milenario de la raza de sacerdotes que vinieron antes de ti. Ahora te toca a ti elegir a tu rey, como lo hicieron tu madre, y su madre antes de ella. Busca dentro de ti y encontraras la respuesta que andas buscando.” Y quitándose la corona de oro puro que le adornaba su cabeza, se la entrego a la princesa, se echo a la espalda un pequeño saco con un par de pertenencias, se dio la media vuelta y salio por la puerta para nunca mas volver. La ultima vez que ella vio al viejo rey por la ventana de su alcoba, lo vio afuera de de la entrada del castillo, restregándose la cara con fango y quitándose sus botines reales para seguir andando descalzo. Sin mirar hacia atrás, el viejo rey tomo el único camino que salía fuera del reino para nunca más volver.

Esa noche en vez de llorar, la princesa oro por iluminación.

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Una semana luego de que el rey hubiera desaparecido, cuando ya los súbditos del reino comenzaron a desesperarse por la falta de monarca, se apareció el general de más alto rango del ejército a presentar un edicto de la nueva reina en el centro de la plaza principal. El general se paro sobre una tarima y dirigiéndose al público anuncio lo siguiente:

“Por decreto real de nuestra señora la reina, la semana entrante en el primer día de primavera, cuando el día y la noche de nuevo son iguales, la señora reina elegirá a su nuevo rey. Todo hombre saludable y capaz, de este o de cualquier otro reino, podrá competir por la mano de la señora reina y reclamar el trono. La competencia tomara lugar al amanecer de tal día en la entrada del abismo.”

Un silencio sepulcral acaparo a la multitud que ahora se apiñaba a escuchar el decreto. Cuando el general enrolló el pergamino y se bajo de la tarima, un solo pensamiento atravesó la mente colectiva de los que allí se encontraron: en el abismo vivía el dragón.

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En la madrugada del primer día de primavera, antes de que el sol comenzara a despuntarse, y alumbrados por el ardor de las antorchas, se dieron cita una multitud alrededor de una cueva en las afueras del reino, un hoyo profundo y oscuro saliente de la tierra del cual nadie nunca había escapado con vida. Dentro del hoyo, bautizado apropiadamente con el nombre del abismo, se encontraba una bestia mitológica, tan vieja como el mismo reino, la cual respiraba fuego y se comía el cuerpo y las almas de los desgraciados que allí caían. Alrededor de la cueva esperaban pacientemente una multitud de gente, algunos presentes para competir por la mano de la reina, otros sencillamente de curiosos para ver que se traía la sabia reina entre manos.

Exactamente a la hora en que el sol comenzaba a nacer en el horizonte, y la luna llena bajaba en el poniente, salio la reina de una tienda de campaña la cual sus soldados habían montado cerca del abismo. Acercándose a la boca del abismo, la reina levanto una rosa que llevaba con gracia en su mano derecha y anuncio:

“Si quieres ser mi rey, tráeme de vuelta mi rosa” –y con un movimiento parecido al de un ángel agitando sus alas, la reina tiro la rosa al abismo.

Inmediatamente de entre medio de la multitud, la cual comenzó a dispersarse del pánico, se acercaron trece varones a la boca del abismo. Todos comenzaron a ponerse sus armaduras y vestimentas de guerra, sus cotas de malla, sus cascos, armándose de ingenierías y otras maquinas de guerra, de sus lanzas y espadas afiladas, de sus mazos de hierro, asesorándose con sus consejeros legales y militares, haciendo estrategias como para mejor poder derribar al monstruo del abismo. Todos preparándose para combatir a la gran bestia, con excepción de uno: un vagabundo con ropas roídas y nada en sus manos más que un saco el cual llevaba a la espalda. Sin pensarlo dos veces, el vagabundo brinco al abismo.

Lo que sucedió durante el próximo minuto se sintió como si fuera toda una eternidad. Gigantescas llamaradas de fuego escupían desde el fondo del abismo hacia arriba, dándole la apariencia al hoyo en la tierra de un volcán plano. El rugir de la bestia era ensordecedor y terrible. Cuando ya todos los presentes comenzaron a sentir lastima por el pobre diablo que acababa de brincar a aquel abismo sin armas ni ninguna manera de protección, de repente e inesperadamente, un gemido angustioso, doloroso y largo se escapo del hoyo, disipándose en lejanos ecos a través de las distantes montañas en el horizonte. El gemido, sin embargo, no fue un sonido que hubiera podido haber salido de la boca de un hombre, sino de la boca de una bestia. Luego del gemido, solo quedo el silencio. Y entonces, el vagabundo salio ileso del abismo, con su saco al hombro, y la rosa en su mano derecha.

“Mi señora reina” –dijo el vagabundo mientras se arrodillaba y le entregaba la rosa a su amada- “tenga cuidado con estas cosas, que sus pétalos son muy frágiles y sufren mucho del primer descuido. Tenga aquí su rosa, y cuídela con amor.”

“Por siempre, mi rey” –le contesto la reina- “Por siempre.”

Y todos vivieron felizmente por siempre.

1,407 Responses to La princesa y el vagabundo

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