Entre el cielo y el infierno
Ese día se levantó bien temprano, y se hizo un buen desayuno. Se dió un baño, se secó el pelo y se puso la ropa que tenía preparada desde la noche anterior. Ya por fin cumplía un año en el trabajo, el cual había conseguido después de muchos sacrificios para lograr salir de las drogas. Casi una docena de veces dentro del centro de rehabilitación, y la pérdida de muchos amigos, pero finalmente lo logró. Había dejado atrás ese grupo de amigos que lo habían iniciado en las drogas. Primero fue la mariguana, después la cocaína y finalmente la heroína. Cada paso en su vida en las drogas era para encontrar un momento de felicidad aunque fuese temporero.
Había logrado terminar sus estudios de high school, y ahora con el GED pudo conseguir un mejor trabajo. Era un trabajo fácil repartiendo materiales de oficinas a los distintos departamentos, pero se estaba ganando el dinero honradamente que era lo que tanto anhelaba.
Ese día le harían una fiesta en el centro, para celebrar un año de triunfos personales como profesionales, y él y su mama eran los invitados de honor.
En la luz de la cuesta le tenían de nombre “El pesetero”, ya se había ganado fama con su frase “mira pana, dame una pejeta”, y siempre con su letrerito con la historia de que era paciente de SIDA, que por favor lo ayudaran por el amor a Dios.
Recordaba lo mucho que había hecho sufrir a su familia, en aquellos viejos tiempos no le importaba nada. Solo le importaba como conseguir más dinero para darse la cura siguiente. Su mamá sufría tanto por él, que hasta del corazón se había enfermado. La pobrecita por poco se muere de un ataque al corazón, al verlo tirado en el piso arropado por su propia mierda y vómito cortesía de una sobredosis. Sus hermanos le dejaron de hablar, y todavía era la hora que no lo habían perdonado. Tenía prohibido acercarse a la casa de ellos, y menos a los sobrinos que lo llamaban el tío loco.
Después de vivir en una buena casa, y dormir en una cama comprada con todas sus especificaciones, terminó durmiendo en la calle. Una noche se encontró un mattress tirado en la acera, y esa noche cargo con él para acomodarlo en el espacio vacío debajo del Puente, donde acostumbraba dormir cuando llovía en las noches. Cuantas noches se tuvo que comer la comida del basurero de la cafeteria de la esquina. Tenía que llegar temprano en la tarde para poder comer, después en la noche llegaban los perros realengos, y ya varias veces los habían mordido. A veces pensaba que necesitaba salir de eso, pero cuando era la hora de la cura, se olvidaba hasta de su madre, que tanto hizo sufrir.
Un buen día se le acercó una persona y le habló de un lugar donde podría ir a comer, y bañarse cuando quisiera. Le contestó que el no tenía ningún problema, que lo dejara quieto, pero esta persona fue bien persistente, y lo convenció para que lo acompañara al lugar.
El lugar terminó siendo un centro de rehabilitación. Después que se bañó, le dieron una muda de ropa limpia y comida caliente. Lo invitaron a quedarse esa noche, ya que tenían varias camas disponibles. Hacía tiempo que no se había sentido tan bien, y les pidió que lo encerrarran, que pronto le vendría la hora de la cura. Pensó en su mama, y ya era hora que hiciera algo por ella.
Esa noche, y muchas mas, estuvo delirando, y finalmente un día salió el sol. Como pensó que ya estaba curado, se fue del centro sin pedir permiso, y al doblar la esquina de la cafeteria, ya estaba hablando con el pana que le estaba regalando un muestrita de lo nuevo en la calle.
Ocho veces regresó y ocho veces salió a caer en las mismas redes. Finalmente en la novena luchó hasta el final, y le pidió a Dios que no lo dejara recaer. Y ya por fin, después de un año, había logrado vencer a ese vicio tentador.
.
Ese día decidió que una vez más no lo mataría. Ir a ver a sus antiguos panas y celebrar una última nota, con el dinero que ahora se ganaba honradamente.
Fue al hospitalillo en la barriada donde todos lo conocían, no le importó la basura ni la pestilencia, si de todas maneras esa sería la última vez. Prendió una vela para iluminarse, y para calentar la droga. Se inyectó, y de immediato sintió esa dulzura que le corría por las venas. Cerró los ojos y pensó que con esa sensación podría morir feliz.
Al abrir los ojos, vió una luz al final del pasillo que cada vez se ponía más brillante, y pensó que por fin los ángeles lo recibirían.
De momento la luz empezó a desaparecer entre las nubes, y el calor que se hacía insoportable. Empezó a llorar, no quería ir al infierno, todavía necesitaba ir a celebrar con su mama su gran año de triunfo. Por eso trató tanto en rehabilitarse, se persignó y le habló a Dios.
———-“Oh Dios, no me castigues con tanto dolor, sácame de este infierno, te prometo que esta fue la última vez.”
De momento vió una imagen y una mano que lo agarraba de entre las nubes, se sonrió, dijo “Gracias Dios mío”, y después ya no sintió más.
———“Pobre hombre, morir calcinado en medio de tanta basura, espero que no haya sufrido mucho”
Y los bomberos siguieron apagando el fuego , causado por una vela que encendió la basura del lugar.
Y esa tarde esperaban ansiosos los amigos de fulano, preguntadose donde podrá estar, y una madre con un ramo de flores en las manos esperando al hijo que prometió que no volvería a hacerla sufrir más.
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Hay 5 comentarios »
Comentario por yismal
January 29, 2006 @ 8:14 pm
Una narracion que con fluidez transporta al lector a lo cotidiano de muchas vidas atadas por el demonio de la droga. Pone de relieve que la lucha contra la tentacion nunca termina y que un desliz se puede pagar con la vida. Voy a recomendar su lectura.
Comentario por I Roberto
January 30, 2006 @ 8:03 pm
Sencillamente impactante. Le he leido varias veces y se lo he leido a varias personas. Y me ha conmovido hasta las lagrimas… tengo familia en esa situacion.
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Comentario por sin insignia
January 13, 2006 @ 2:48 pm
fuera de liga.