El culo en los tiempos de la posmodernidad

“If everything we believe about the World is an arbitrary, socially constructed symbol, if nothing inherently means anything, if reality itself –as many posmodernists claim- is such a collection of arbitrary symbols, then magic becomes not only posible but inevitable… If reality is symbolic, reality is mutable. ” Patrick Dunn en Postmodern Magic: The art of magic in the information age
La realidad muta en las ideologías, en los contextos históricos, en las fronteras del lenguaje. La realidad es la más antigua de las rameras; y el lenguaje, su destemplado burdel. Los deconstructivistas denunciaron la arbitrariedad de los símbolos y el lenguaje en la semántica como una condición sine qua non para la comunicación; condición inescapable a la naturaleza más humana. Es decir, la vida es una metáfora que vivimos en sumisión patética al lenguaje. No sé si en lo inmediato nos obsesionan las palabras, los objetos, o la interpretación subjetiva con que canalizamos dichos objetos espacio temporalmente. Por ejemplo, cuando digo que vivo obsesionado con los culos, ¿me refiero a la cadencia y sonoridad de la palabra culo, a un tafanario de carne abultado que se esgrime como un melocotoncito tierno, o a la epistemología de las nalgas como objeto de conocimiento y sus múltiples posibilidades empíricas en el campo de la sexualidad.
La magia del decir estriba en la posibilidad infinita de los referentes no dichos. Me refiero a esas lagunas del espíritu de donde rescatamos las palabras para hacernos entender en términos cognitivos. Palabras de las cuales no somos dueños sino usufructuarios. Es decir, tenemos derecho al uso y disfrute del lenguaje sin que este nos pertenezca, ya que el mismo es un préstamo de una conciencia cósmica que excede nuestro espacio vital. Hace un tiempo comencé a salir con una jeva que conocí en uno de sus momentos de oscuridad. Podría jurar que estaba en su noche oscura del alma, sin embargo, éste es un estado que sólo es reconocible desde la perspectiva propia de quien deambula en tal estado metafísico. Pero rondaba cerquita, si mi percepción no fallaba. (Com)partimos varias veces y terminamos moteleando, debido a mi fijación por su culito encantador.
La doñita tenía un culo delicioso, respingón, sólido como una cantera de mármol. Y yo embelesado ante ese altar turgente, olvidé la existencia del resto de sus carnes y me involucré emocionalmente con sus nalgas y el botoncito que ambas custodiaban. Como consecuencia creé una relación metonímica donde la parte sustituía al todo. Era el culo de una bruja que había sellado con un beso negro un pacto con sus demonios. El más terrible de los pecados occidentales, el crimen contra natura, el pecado nefando. La primera vez que mi lengua cabalgó su ojete, eché de menos el saborcito a cobre que tantas veces había disfrutado. Había algo nuevo, un no se qué que me recordaba a un plato de avena. Me percaté que su culo me sabía a gramíneas. Unos días sabía a avena, otros días a arroz fresco y en ocasiones tenía un sabor peculiar que no supe descifrar. Ella, ante mi mirada inquisidora, me dijo que no me preocupara que ese era el sabor del bambú. Mamarle el culo cada día era hallarme ante un sabor distinto que requería total devoción. Demás está decir que le devoraba con fruición mística su culo y le mordía viciosamente las nalgas como para esprimirle algún manjar exquisito que hasta ese momento me era desconocido.
Pero llegó un día que quise que todo aquello fuera sólo mío y con mi lengua delinié una firma o una sígila como se conoce en el mundo del caos y susurré un conjuro mientras con mi lengua le horadaba el ano para enterrarle mis palabras en sus entrañas. Cavé dos palabras que nunca antes había pronunciado. Me parecían palabras de origen bantú, del lejano Congo. Terminando de pronunciar la última sílaba, mi mandíbula se trancó. Mi lengua no respondía al deseo insólito que alimentaba mis excesos. Y allí fue cuando todo terminó. No la volví a ver nunca más.
Con el tiempo he sospechado que pagué por mi ambición y egoísmo. Aquél era un culo prohibido, al cual tuve acceso, para aprehender una de las muchas lecciones que la vida debía traer. Comprendí que los amarres espirituales son parte de la energía del Tántano, es decir, la energía de la destrucción y la muerte. Esto se riñe con la energía del Eros que es la del nacimiento y la creación. Amar y desear deben estar cónsonas con el dejar ir. El Tao y el budismo reconocen ese principio desde hace miles de años, cuando plantean la necesidad del óctuple camino o la vía media. El mago debe vivir en desprendimiento para que sus energías no traicionen sus intenciones, sean benéficas o maléficas.
Hoy cuando digo culo, pienso en un plato de avena, con un chin de canela y una rajita de limón.
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