El sueño de John Baptiste
La cabeza de San Juan Bautista con ángeles y amorcillo en duelo, del pintor Jan Mostaert del siglo XV.
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El recuerdo más remoto que John Baptiste tenía sobre su vida era probablemente aquella noche en la cual despertó gritando, cuando tenía como cuatro años de edad. Su madre entró a su habitación y se apresuró a abrazarlo. Como lo encontró tan perturbado y temblando de miedo, lo cargó a su propia cama y dejó que durmiera entre ella y su papá. Sin embargo, aunque John hallaba algo de seguridad y consuelo en el sonido tenue de la respiración de sus padres, nunca pudo restablecer el sueño esa noche, pues todavía tenía la imagen vívida y escalofriante en su mente de un cuerpo sin cabeza, con el cual había soñado antes de haberse despertado exasperadamente. En el sueño, John tuvo la oportunidad de observar en detalle como el cuerpo decapitado se retortijaba en el suelo en frente de él, mientras se desangraba a borbotones en chorros pulsatiles y extensos, como un río de lava caliente emanando de un volcán.
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John Baptiste tenía una buena vida y ni siquiera lo sabía. Ambos padres eran doctores, y sus sueldos combinados justificaban el estilo de vida tan abundante que rodeaba al joven. Vivían en una mansión suntuosa en uno de los suburbios más exclusivos de la ciudad de Chicago, en un hogar magnífico en donde nada le faltaba. El joven vestía de las mejores ropas, y asistía a una de las escuelas privadas más prestigiosas de esa ciudad, en donde cursaba el octavo grado. Al menos una vez en semana su padre lo llevaba a un country club exclusivo en las afueras de la ciudad a jugar golf, deporte en el cual el joven ya sobresalía, y hasta pertenecía a uno de los pocos clubs de polo del estado, en donde se le conocía muy bien por su agilidad como jinete. A temprana edad sus padres se dieron cuenta de que el niño era precoz, y que exhibía muy buen sentido común, aún en situaciones de las cuales carecía de experiencia previa. En la escuela el joven se distinguía en todas las materias, en donde se mantenía al frente de la clase con un promedio de percentila de 98%. Sin embargo, nada ni nadie pudo haber preparado a sus padres el día en que sufrieron la primera desilución por causa de su hijo. Aquel día, mientras manejaban su carro en una de las calles colindantes a una de las vecindades más pobres de la ciudad, John desató toda su ira en contra de la humanidad, cuando declaró desde el asiento de atrás del Mercedes Benz, que odiaba “a todos los negros con toda la fibra de su ser”. Sus padres no podían entender de donde salía tal resentimiento, tan repleto de odio y de rencor, pues el racismo nunca se había enseñado en su hogar. Sin embargo, lo que los padres de John no sabían, era que su odio estaba fundamentado en el miedo y en el terror, recreado por esa imagen del cuerpo decapitado, la cual se le seguía apareciendo en sueños cada noche, desangrándose caudalosamente. El cuerpo decapitado de su sueño pertenecía al de un hombre negro, y su imagen seguía torturándolo a diario en silencio, cada noche de su joven vida.
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John Baptiste continuaba siendo un estudiante sobresaliente en la universidad. Aunque sus padres siempre quisieron que John dedicara sus estudios a las ciencias médicas, para que terminara siendo un galeno como ellos, no tuvieron otra opción más que aceptar la decisión del joven, cuando declaró que quería una carrera en el mundo de los negocios. Lo conocían muy bien y sabían que el joven siempre saldría bien en cualquier área de estudio, así que le dieron su bendición el día que hizo su anuncio. La verdad era que aunque nada le hubiera traído más satisfacción a John que el complacer a sus padres, la idea de practicar medicina le aterraba, particularmente porque le tenía miedo a la sangre y a la muerte, las cuales se le presentaban cada noche en la forma del cuerpo ondulante y decapitado. Aparentemente, y sin mencionárselo a nadie, John estuvo interesado brevemente en los estudios de premédica al principio de su primer año de universidad. Sin embargo, su interés en convertirse algún día en un médico se truncó inesperadamente, cuando tomó su primera clase de laboratorio de biología. Aquel día, en esa clase de laboratorio, John tuvo la oportunidad de ver como a un sapo decapitado se le podía estimular eléctricamente los nervios de la espina dorsal con una batería de nueve voltios, causando que el sapo se moviera y hasta brincara dentro de una bandeja, la cual todavía estaba cubierta por la sangre del amfibio. Ese mismo día, John se dio de baja de todos sus cursos de premédica, y se matriculó en cuanto curso de economía y comercio pudo encontrar. Al final se graduó al tope de su clase en cuatro años, obteniendo el Magna Cum Laude de la escuela de comercio.
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John Baptiste era considerado el ejecutivo más exitoso y más joven de su compañía de acciones. En el mercado de valores John había demostrado tener un talento ináudito para predecir la dirección del mercado, de tal manera que su portafolio era el que más ganancias generaba anualmente para la compañía. En menos de cinco años lo nombraron junior executive partner, y en otros cinco años más se convirtió en el CEO de la compañía. Su presencia permeaba la palabra éxito en cada renglón de su vida. No sólo era John el comerciante mas exitoso y más envidiado de la ciudad de Chicago, apareciendo en la portada de todo tipo de revistas financieras locales y nacionales, sino que también encabezaba la Junta de Directores de cuanta organización benéfica existía en esa ciudad. Fue en uno de los banquetes organizados por uno de esos grupos filantrópicos a los cuales él pertenecía en donde conoció a su futura esposa, Mary Herod, otra personalidad del ámbito de la alta sociedad de esa ciudad. Su vida era un torbellino de buena fortuna, rodeado de lujos y comodidades, acompañado a su lado por una mujer bellísima quien lo amaba incondicionalmente, y quien le había traído a la luz tres hijos hermosos y brillantes. Nadie que lo conociera podía poder en duda que este hombre había alcanzado la felicidad dentro de su prosperidad material. Sin embargo, aún cuando John resultó ser la epítome del triunfo, viviendo una vida de cuento de hadas con una esposa hermosa y tres hijos inteligentes y preciosos, todavía guardaba un secreto terrible, el cual le mantenía obstruído constantemente el sendero hacia su felicidad: el sueño del hombre decapitado. Cada noche, durante los cuarenta y tantos años de su vida, John seguía teniendo el mismo sueño del cuerpo decapitado de un hombre negro, el cual seguía desangrándose eternamente en frente de él, como un río amazónico interminable de cauce colorado y caliente. Durante los años antes de que se retirara de la compañía de acciones, en el medio de la noche antes de que lo venciera el cansancio, John pasaba horas interminables en su estudio leyendo cuanto libro podía encontrar relacionado a su sueño recurrente. Desde interpretaciones de sueños, hasta cuentos de horror de la revolución francesa, John había saturado su imaginación con todo tipo de información disponible acerca de las decapitaciones, la cual había encontrado en libros, en revistas, y hasta en el internet. Uno de los artículos que más le interesó con respecto al tema de la decapitación lo leyó en una revista científica. De acuerdo al artículo, experimentos hechos en animales de laboratorio habían demostrado que el cerebro mamífero continúa emitiendo señales y ondas eléctricas por 30 segundos, luego de que el animal hubiera sido sacrificado por medio de la decapitación.
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John Baptiste estaba muriendo. A los setenta y cinco años de edad, y luego de una vida repleta de triunfos, de prosperidad, y de amor, John yacía en su lecho, rodeado de su familia, de su esposa, hijos y nietos, de algunos de sus amigos más cercanos, y de su doctor de cabezera. Cerca de su cama, podía escuchar a una de sus hijas rezando un rosario entre sollozos. John sabía que estos suspiros que le salían de su boca ya estaban contados, y que sólo le quedaban muy pocos. Había vivido una vida esplendorosa, y ahora su muerte le estaba llegando tal y como siempre lo quizo e imaginó: en paz, y rodeado del amor de todos sus seres queridos. Sentía su corazón latiendo sutil y despaciamente, y que cada latido se volvía más escaso y más tenue. Fue entonces cuando trató de recordar su vida, y le aterrorizó el simple hecho de que no podía recordar nada, mas que la imagen del cuerpo decapitado. Esa imagen, la del cuerpo sin cabeza, lo había acompañado cada instante de su vida, y ahora al final de su vida, se le aparecía de nuevo. De repente John Baptiste olvidó a la familia que le rodeaba y le acompañaba en sus últimos minutos, y no pudo ver ninguna otra cosa que el cuerpo sin cabeza que seguía desangrándose en frente de él. El terror de la muerte se apoderó de él cuando por fin comprendió que los treinta segundos de actividad eléctrica que le quedaban en su cerebro, le fabricaron una vida longeva y perfecta con unos padres que nunca tuvo, con una fortuna que nunca gastó, y con una esposa y unos hijos que nunca lo amaron, pues el verdadero sueño no lo fue la imagen del hombre decapitado, sino la vida de John Baptiste.
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Comentario por Javier
August 11, 2006 @ 4:50 am
Impresionante!! Me ha gustado mucho. Enhorabuena