¡Claustrofobia!
Te apremian las ganas de cagar. Es el único pensamiento que se ha apoderado de tu mente y de tu cuerpo durante los últimos diez minutos. No sentiste los deseos de utilizar el baño durante las pasadas tres horas, pues estuviste en paz con tu cuerpo. Pero cuando te tomaste el cafecito caliente ese, con la dona glaceada de Krispy Cream que te proveyeron los conferenciantes durante el coffee break, de repente el reflejo gastrocólico se despertó, dando a nacer un tapón de las cinco en el culo tuyo. Ahora, después de salir de la sala conferencias, con el expreso propósito de sentarte a cagar en el inodoro de tu cuarto de hotel, esperas frente a la puerta del asensor, mientras aprietas el botón que se encuentra a tu mano derecha repetidamente, como si esta acción acelerara la llegada del vehículo.
Reconoces a otro participante de la misma conferencia mientras camina por el pasillo. Te recuerdas momentáneamente que han venido gente de distintos estados a esta conferencia, la cual te la está pagando tu trabajo, estadía y todo. La conferencia en sí es tremenda mierda. Este año habrá una inspección federal del hospital, y te han enviado a tí y a otros cuatro pendejos a entender la lógica y los procedimientos que utilizarán ese grupo de inspectores. Pura bureocracia, y nada más. Sin embargo, aún cuando la conferencia es aburridísima, te satisface el hecho de que la conferencia está tomando lugar en un resorte de lujo frente a la playa, y que no tuviste que pagar ni un centavo para venir a quedarte aquí.
Te sorprende el timbrecito del asensor, cuyas puertas ahora se están abriendo frente a tí. Entras al asensor solo, y te das la media vuelta. Aprietas el botón del tercer piso, tu destinación, donde te espera la privacidad de tu cuarto y de tu inodoro. Mientras las puertas del asensor se cierran, ya se comienza a apoderar de tí el anticipado alivio que pronto sentirás cuando llegues a tu cuarto. No te das cuenta de que, aún cuando las puertas han cerrado completamente, el asensor no se ha movido hacia arriba, como ya tu cuerpo anticipaba. Todavía estás mirando hacia arriba, como siempre haces cuando te montas en un asensor, hacia los números sobre la puerta que usualmente se alumbran con el movimiento del vehículo, cuando te percatas de tu estancamiento. Aprietas el botón del tercer piso de nuevo, y al darte cuenta de que el asensor no se está moviendo, entonces aprietas el botón de abrir la puerta. Todavía el pánico no se ha apoderado de tí, aún cuando la puerta se niega abrir. Entonces, aprietas todos los botones, el del segundo y el del primer piso, y todavía, con esa maniobra, el asensor no se ha movido ni una pulgada.
Mantienes la calma. Notas la puertecita bajo los botones del asensor, inscrita en relieve con el mensaje que lee Emergency Telephone. Abres la puerta, y te sorprendes de que no haya teléfono de emergencia, sino una cablería enrredada maldita. Te recuerdas de que tienes tu celular al cinto, lo que te proporciona una paz y un sentido de seguridad temporero. Lo desprendes de tu correa y te lo pones a la oreja, pero notas de que no hay señal percibible. Es entonces de que caes en cuenta de que estás atrapado en una caja de metal, con un espacio de menos de cuatro pies de largo, seis pies de ancho, y ocho pies de alto, y de que la señal de tu celular nunca lograría escapar de este ataúd de lujo.
Entonces, te recuerdas de que tienes tremendas ganas de cagar. Es ahí que caes en cuenta de que estás atrapado dentro de un asensor, y de que no tienes manera de salir. Aprietas el botón de la alarma varias veces, hasta que lo dejas pegao como el que no quiere la cosa. Pero nada. No oyes las voces de nadie atentando ayudarte. Intentas abrir las puertas a la fuerza, a lo Sanson ciego empujando los pilares del templo de los filisteos, pero las puertas no cejan para atrás ni un pelo de puta. Gritas varias veces un “Help!, Help!” medio lánguido y pendejo, pero entonces realizas que si nadie oye la alarma, tan gritona y tan jodona, quien carajos va a poder escuchar tus gritos de maricón que ahora se pierden en la resonancia de esta caja maldita.
Ahora sí. El pánico se ha apoderado de tí. No puedes salir de esta jaula sin ventanas, tienes ganas de cagar, y ahora de repente, sientes dolor en el pecho y tu respiración comienza a tonarse dificultosa.
Miras alrededor tuyo, como si fueras a encontrar una salida fuera de este infierno, que ahora se ha convertido en tu nuevo hogar. El interior del asensor está cubierto de paneles de madera labrada, y cubriendo los paneles, hay distintos afiches sobre el hotel, todos prometiendo una mejor vida en las tierras prometidas del resorte, tierras que manan leche y miel.

The Buoy Bar: The Island’s favorite poolside watering hole. El afiche exige que tu atención se dirija al personaje principal y central del mensaje: un pelícano, dibujado de tal manera, de que su pico pareciera un bicho con escroto, cojones, y todo. Te recuerdas del camello Joe Cool, el de los cigarillos con su cara de pinga y gafas negras, y dentro de tu desgracia, consigues alcanzar una sonrisa dentro de tu alma. Recuerdas que fuiste a esa barra la noche anterior, en búsqueda de una o dos cervezas, y lo que encontraste por poco hace que se te cayera el bicho. Dentro de la barra, encontraste la multitud mas geriátrica que jamás habías visto fuera de un asilo de ancianos, todos jugando al juego del amor. Lagartos y lagartas, con sus pellejos colgando debajo de sus papas, con sus calvicies lisas y sus tetas caídas, todos jugando a la cacería del one-night stand. Recuerdas haber visto a un par de viejas vestidas en pantalones de cuero, super pegaos, pronunciando la falta de curvas en sus nalgas y muslos. Vizte escotes obsenos para tales edades, cabelleras arregladas a lo Britney Spears o Cristina Aguilera. Vizte viejos con cadenas de oro parecidas a la de los cacos de tu tierra madre, bailando al son de una banda que estaba tocando Billy Jean de Wacko Jacko, en vivo y a todo color. Vizte todo eso y no quisiste ver más. Cogiste tus cervezas y te largaste pal carajo.
Empiezas a pegarle a las puertas, ahora mientras sigues clamando por ayuda. Estás desesperado. Comienzas a caminar dando vueltas, dentro de tu espacio de 4 x 6 pies, y ahora la respiracion se te pone corta y rápida. Te recuerdas de tanto paciente pendejo que has tratado durante los años por causa de la hyperventilación, y cuando caes en cuenta de que estás haciendo la misma pendejada, decides concientemente respirar mas lentamente, y con respiros mas largos y profundos.

Mostly Seafood: This widely acclaimed restaurant brings a new level of creativity and variety to seafood presentation. Te recuerdas de la langosta que te comiste anoche, y que probablemente era la responsable del mojón inmoral que en estos momentos se está tratando de escapar del culo tuyo. Anoche llegaste tarde al hotel, y le rogaste al gerente de este restaurant a punto de cerrar, que te dejara comer algo, pues estabas esmayao y no tenías a donde ir. El tipo de lo más buenagente, te sirvió una langosta con una papa asada y vegetales, y la puso en un paquete de plástico, para que te la pudieras comer en tu propio cuarto. ¡Que jartera te diste, y con que satisfacción te bajaste ese manjar! Lo mejor de todo fue el haber podido comerte esa langosta sin las incomodidades que exigen la civilización, en la privacidad de tu cuarto, y como Dios manda, con las manos y la cara embarrada, sin cuchillo, ni tenedor, ni servilleta.
En un momento de desesperación, y probablemente en uno de los momentos mas obscuros de tu vida, comienzas a brincar, con las esperanzas de que el asensor se “despierte” de esta pesadillla, de la cual ahora eres tú el principal protagonista. Sigues gritando, y ahora la voz te tiembla, parte por ronquera, parte por miedo.

The Recreation Department has something for everyone. El afiche tiene una foto de dos niños, aparentemente contentos, jugando en la arena con la playa de fondo. Antes de la conferencia esta mañana, tuviste la oportunidad de ir a la playa y de meterte en el mar. Hace algún tiempo que no has ido a la islita del vacilón y has extrañado la playa. Te sorprendió lo extenso de la orilla, pues tuviste que caminar como cien yardas en la arena para llegar al agua. Sin embargo, el agua estaba cálida y limpia, y la zambullida que te diste te rejuveneció el alma, pues como has aprendido con los años, eres un hijo del mar. Después de la nadada, ni siquiera te molestaste en bañarte para deshacerte del salitre, pues el olor de la sal en tu piel es uno que te trae gratas memorias de tu infancia. Fuiste así a la conferencia esta mañana, y de la conferencia aterrizastes aquí, con ganas de cagar y con la sensación de que estás a punto de morirte.
De repente, el asensor se mueve levemente, y con el movimiento, las puertas se abren lentamente. No sabes si las puertas se han abierto por el brincoteo que has puesto, o si ha sido por la intervención de la divina Providencia. No importa. Como un Alí Babá que ha abierto las puertas de su Sésamo, sales de un brinco de tu trampa de metal, sencillamente para encontrar el tesoro más codiciado que siempre has tenido y que jamás cuestionaste: la libertad.
Respiras profundamente, y disfrutas de tu nuevo aire, lleno de vida y libre de estancamientos. Le das gracias a Dios (sin recordarte de que a veces ni crees en él), y te pones a correr por el pasillo, hacia las escaleras, hacia el tercer piso, y hacia la puerta de tu cuarto, la cual finalmente abres para encontrar el tesoro al final del arco iris: el bendito inodoro. De un zarpazo de bajas el zipper, te bajas los pantalones y los calzoncillos, te sientas sobre el inodoro, y dejas caer la carga mas grande de toda la humanidad, sintiendo un placer solamente comparable al orgasmo sexual. Miras tu reloj, y te das cuenta que aunque solo han pasado diez o quince minutos desde que saliste de la conferencia, tu situación adentro del asensor duró una eternidad. Purgas tus últimas ganas de cagar, y cuando ya te sientes como Nydia Caro, que está vacía y no siente nada, terminas tu negocio en el baño, y te diriges a la neverita del cuarto, donde te queda una última cerveza que pediste anoche en la barra de lagartos, pero que guardaste sin abrir con planes de tomártela en otro momento.
Este es el momento, aquí y ahora. Abres la cerveza, y te sientas en el balcón de tu cuarto de tercer piso de hotel de lujo, con vista panorámica hacia el mar. Deseas, improvisadamente, celebrar la vida y haces un brindis a todo lo bueno y grato, a la felicidad y al placer, y específicamente, al hecho de que tu primer y único episodio de claustrofobia ya terminó. Te tomas tu cerveza a tragos cortos, y la saboreas como si fuera la mejor cerveza que te has tomado en toda tu vida.
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