Realidades Ficticias: Quinto Aniversario del Monasterio
Se pone el Sol. Conduzco camino a casa. La temperatura es agradable, la luz brilla hermosa. Un delicioso paisaje, tan virgen como puede mostrarse la naturaleza en nuestros días, despliega su verdor ante mis ojos. El coche ronronea suavemente, obedece sumiso el más ligero movimiento de mis manos subiendo y bajando por el volante. En el otro carril, un todoterreno llega a la altura de mi coche. Tan solo durante un instante, mi vehículo se encuentra en paralelo con el contrario. En ese breve instante, la luz fluctúa y el viento jadea abriéndose paso entre las metálicas carrocerías. Todo resulta sutil, acompasado. Sigo hacia delante.
Unos pocos kilómetros colina arriba, encuentro un utilitario avanzando lentamente tras un camión que porta colosales anillos de hormigón. Reduzco la velocidad. El trayecto toma un cariz recreativo, de paseo. Finalmente, el vehículo que me precede adelanta al camión en un tramo recto, y yo lo sigo a poca distancia. Avanzo parejo al camión, dejo atrás las dos torres de aros pétreos que porta. De reojo distingo los poros del hormigón a contraluz del Sol poniente. Vuelvo la vista al frente, al asfalto, al coche que avanzaba ante mí, a las líneas de la calzada. Todo es tan real, tan tangible. Infinidad de detalles, cada uno de ellos hermoso bajo esa armoniosa iluminación. Es bello. Demasiado bello. Tan excelente es el conjunto como el más perfecto paisaje jamás nacido del pincel de un impresionista. Abrumadoramente bello. Es aún mejor que contemplar una obra maestra, el avance por la carretera logra aportar aún más magnitud a todo cuanto ante mí se exhibe.
Sin embargo, algo falla. Lo veo repentinamente, como si alguien hubiese pulsado un interruptor. Falta algo. No sé el qué. O quizá no falta nada, sino que hay algo que sobra. Todo encaja con excesiva precisión. Mientras el coche avanza por la carretera y el paisaje muta progresivamente a cada lado del arcén, mi mente sigue cautivada por el espectáculo. Y en contrapunto a la saciedad mental que experimento, un vacío visceral en el estómago me dice que nada de eso es lo que aparenta ser. Guiados por la sensación de vacuidad, mis ojos buscan algo en el paisaje, las cuerdas de la tramoya o las costuras que unen las capas del decorado. Pero mi visión no da con ello, todo se mueve demasiado rápido para dar con los defectos a simple vista.
¿Por qué no se detiene la sucesión de pastos y arboledas? Es porque me muevo, voy en un coche. Creo que yo lo conduzco, pero ya no estoy seguro. No importa eso ahora, sigo esperando ver el filo de los cartones que se superponen aparentando ser colinas. Por más que miro, no veo más que perfección en todo el panorama. No hay cortes, ni cremalleras, ni empalmes. Todo es real. Irrealmente real.
Que no encuentre la evidencia no implica que lo que veo sea un reflejo de la verdad material.
Al descender por la carretera hacia el valle entre las montañas, vuelvo a encontrar más vehículos. Unos van, otros vienen. Hay turismos, una grúa, un tráiler de cabina roja brillante. Todos avanzan, cada cual a su ritmo, pero sin romper un sutil compás. Los coches más veloces adelantan al tráiler rítmicamente. Busco los hilos del titiritero que mueve con tan buena mano ese acompasado tráfico rodado. No los encuentro, pero aun así, no me resigno.
No se marcha esa certeza de estar viendo un montaje, una ambiciosa representación teatral puesta en escena expresamente para mi deleite. Intento centrarme en la conducción, bajo las ventanillas. Noto el aire en la cara, huelo la humedad en el ambiente. Veo una bandada de pájaros cruzar ante el parabrisas. Oigo el rugir cansado de un camión volquete que pasa a mi lado. Percibo, sí, pero no experimento. Se me escapa la totalidad del todo, no llego al fondo. Observando las ruedas del camión, anchas, negras y calientes, repartidas a cuatro por eje, me planteo cuán real resultaría ser atropellado por ese mastodonte de la carretera. Posiblemente sería doloroso. Pero no lo intenso define lo real.
Sin ser del todo consciente, voy llegando a mi destino. Cuando el familiar conjunto de edificios empieza a pasar a derecha e izquierda de mi coche, como si fuera el mundo el que se mueve y no yo, me siento parcialmente liberado de la paranoia de lo irreal. Quizá es la cotidianeidad del lugar lo que logra acallar el grito de rebelión de mi intelecto.
Mientras …
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