Cuarto Aniversario del Monasterio
Un pato entra a una cantina de mala muerte y enseguida se sienta en la barra. El cantinero lo mira de reojo al otro lado del mostrador, y sin perder el swing, continúa limpiando los vasos con un trapo sucio.
“Cuac, cuac, cuac, cuac. Quiero una libra de clavos”, dijo el pato.
“Lo siento mucho pero aquí no vendemos clavos”, dijo el cantinero, disimulando terriblemente su desprecio por el animal.
El pato se levanta, y sin decir más nada, sale de la cantina de la misma forma en la cual entró.
A los diez minutos regresa el pato. Se sienta en el mismo asiento, ahora el cantinero lo mira sin disimulo alguno, todavía limpiando los vasitos con el mismo trapo sucio.
“Cuac, cuac, cuac, cuac. Quiero una libra de clavos”, repitió el pato.
El cantinero, utilizando toda la poca calma que tenía bajo su poder, puso el vasito en el mostrador, se inclinó hacia el pato y le contestó mordiéndose el labio inferior para no perder su bajo tono de voz -”Ya te dije que aquí no tenemos clavos. Si quieres una libra de clavos vete a la ferretería, que queda a una cuadra de aquí a tu ala derecha cuando te desaparezcas de mi cantina.”
El pato se levanta, y sin decir más nada, sale de la cantina de nuevo de la misma forma en la cual entró.
A los diez minutos regresa el pato una vez más. Se sienta en el mismo asiento, pero ahora el cantinero ya no puede contener su ira y su rabia.
“Cuac, cuac, cuac, cuac. Quiero una libra de clavos”, repitió el pato una vez más.
“Mira pato maricón”, gritando ahora el cantinero al tope de sus cuerdas vocales, -”si regresas una vez más aquí preguntándome por una libra de clavos, te juro por lo más santo que te voy a clavar el pico al mostrador de mi barra. ¡Ahora lárgate!”
El pato salió corriendo, dejando un rastro de plumas detrás de él. El cantinero suspiró creyendo que ya no vería más a esta plaga con pico, alas y plumas.
A los diez minutos, y por última vez, el pato regresa y se sienta en el mismo asiento. El cantinero ahora temblaba anticipando su próximo paso.
“Cuac, cuac, cuac, cuac. ¿Me podría vender un martillo?”, le preguntó el pato inesperadamente.
Recuperando su compostura luego de haberla perdido, y habiendo sido tomado completamente por sorpresa, el cantinero responde de una manera casi cordial, “Perdone pero aquí no tenemos martillos.”
“Cuac, cuac, cuac, cuac. Pues entonces quiero una libra de clavos”….
TUCUPLASH!!!!
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Si eres uno de los muchos patos que entran al Monasterio por error o por ignorancia, igualito al animal despistado de este cuento de la cantina, te aseguraré que aquí tenemos quintales de clavos a nuestra disponibilidad y que también hay martillos de sobra. Si por una razón u otra se nos acabaran los clavos, siempre podemos burlarnos de tí a martillazos.
Para el resto de ustedes mis queridos frateres y sorores, bienvenidos de vuelta al portal de El Monasterio. Hoy celebramos el cuarto aniversario de nuestro portal y foro. ¡Salud!



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